Quise conocerlo, quise saltar al brillo de sus ojos y me olvidé de llevar salvavidas. Hice caso omiso a mis miedos y arriesgué por algo que muchos llaman "amor". Viví meser perdida entre sonrisas y quisé creer que ese sentimiento sería eterno. Pero no lo fue. La felicidad no dura eternamente y se compara a la resaca tras una gran borrachera, duele pero siempre queda la sensación de quemazón tras el primer trago. Y yo bebí, me dio de su ambrosía y probé el elixir de los dioses. Pero ya no está, ya no queda nadie en esta fiesta y después de las doce es extraño encontrar abiertas las puertas que llevan al Nirvana y con él era tan fácil subir las escaleras de dos en dos para llegar antes al séptimo cielo. No va a volver, es cierto, no voy a subir el Capitolio agarrada a sus caderas.
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