Quisimos acelerar, no dejamos que el tiempo hiciera su trabajo. Éramos como dos niños impacientes por tener un juguete nuevo, por no mirar las instrucciones se rompió.Ambos lloraron porque la vida del juguete tenía que ser más larga, lo habían disfrutado tan poco.
Uno de los dos lo daba todo por arreglarlo, por hacer que volviera a ser el mismo, o si no lo era, que fuera lo más parecido posible. El otro no, el otro lo dejó de lado, pensando que era imposible arreglarlo, así que buscó otro, no le costó mucho encontrarlo.
Al final, de esta historia solo aprendió uno, el que lo intentó arreglar, aprendió que no había que rendirse, pero cuando algo ya estaba perdido desde el principio es inútil intentar cambiar el transcurso de los hechos, también aprendió que llorar no iba a hacer que él volviera.
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