sábado, 16 de abril de 2016

Todo final guarda una moraleja.

Hace unos meses entre beso y beso te dije que nunca te podría escribir, que no existían los poetas felices y que a tu lado era imposible encontrar la inspiración. Sabía a ciencia cierta que era feliz, que éramos felices. Siempre fui consciente de que existía el adiós y nunca pensé que fue demasiado pronto. No lo fue. Vivía cada día creyendo que ese sería el último, que te darías cuenta de con quién querías pasar tu vida. Y te diste cuenta. Y no me importa, yo tampoco querría estar con alguien tan desastre, pero tan intenso. Porque te amé, juro que te amé. Y sé que tú también lo hiciste, o intentaste hacerlo. No me arrepiento de nada, ni siquiera del adiós. Porque el dolor me hace darme cuenta de que fue real, de que fuimos algo real. De que existías en mí. El dolor de mi pecho derecho indica que ese fue tu hogar, pero solo eras un nómade de paso y yo te acogí con la esperanza de que te quedaras a vivir. Quise atarte a mí, a pesar de que nunca quise ser tu carcelero sino tus alas. Quería impulsarte a volar, y ahora te empujo, te empujo para que vueles. Para que abandones mi nido, para que alcances tus sueños. Para que logres la libertad. Te veo irte con la tristeza que tiene una madre al ver marchar a su hijo. No puedo culparte de que no quieras ser conmigo porque yo tampoco sería.

No hay comentarios:

Publicar un comentario